El derecho a la propia imagen

Nuestro día a día en la época que nos ha tocado vivir es cada vez más complicado. Las sociedades modernas, en su afán de tratar de procurar el mayor bienestar posible a las personas que las componen, están derivando en un exceso de legislación, bienintencionado en la mayoría de los casos, que hace que cualquier aspecto de nuestra vida se encuentre previamente regulado y sometido a las más variadas ordenanzas.

Algunos de estos aspectos son más o menos conocidos por todos, como pueda ser el código de la circulación: todo el mundo es consciente de que saltarse un semáforo en rojo es una ilegalidad, por poner un ejemplo básico. Pero hay otros puntos en los que esa barrera no está tan clara y uno no puede saber a qué atenerse. Lo que lógicamente puede suponernos un problema con el que no contábamos, pues la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento.

Un ejemplo de ello está muy relacionado con la eclosión de las redes sociales que han convertido al siglo XXI en la era de las comunicaciones y la tecnología. Cualquier suceso, hecho o acontecimiento, por mínimo que sea, puede al instante convertirse en noticia al alcance de cualquier persona en cualquier parte del mundo. Y en la mayoría de las ocasiones, sin que intervenga la voluntad de los implicados en ese hecho.

derecho de imagen

Hablamos, naturalmente, de las fotografías y de la exposición constante a la que hoy en día se ve sometida nuestra propia imagen. Y ya no nos referimos a que es prácticamente imposible encontrar un lugar público en el que no haya una cámara que esté grabando todos nuestros movimientos, sino al hecho de que cualquiera –insistimos: cualquiera- puede tomar una fotografía nuestra en cualquier momento y lugar, con o sin nuestro consentimiento. Y ésa es la palabra mágica: consentimiento. Ésa es la barrera que puede separar en cada circunstancia concreta lo legal de lo ilegal. La que marcará la defensa de los distintos intereses y derechos que puedan estar en juego en cada momento y la que hará inclinarse la balanza de la justicia de un lado o de otro.

Las situaciones que pueden darse son prácticamente infinitas: no es igual una foto tomada con un móvil personal en una fiesta privada a quienes son nuestros amigos o familiares que esa misma foto hecha en las mismas circunstancias pero a menores de edad; o no es igual una foto tomada en un estudio de fotografía que la realizada en plena calle. Como no es igual que quien haga la foto sea un profesional o una persona privada. En todas estas situaciones puede haber una colisión entre el derecho a la propiedad intelectual del autor de la foto, o el derecho a la información, con el derecho a la propia imagen del fotografiado (mucho más, insistimos, en el caso de que se trate de un menor de edad). Será pues la existencia o no de ese consentimiento lo que marcará la forma de actuar de cada parte, y que analizaremos en sucesivos post en este blog.

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