Una intervención serena de Carmen Basso (O2Basso) y María de Ros en el delta del Ebro recupera la distribución, los materiales y la identidad de una casa que había perdido su coherencia tras décadas de reformas.

No todas las rehabilitaciones consisten en añadir. Algunas empiezan, precisamente, por quitar. Eliminar capas, deshacer decisiones tomadas con prisa y devolver protagonismo a aquello que nunca debió ocultarse. Eso es exactamente lo que ocurre en esta masía situada en el entorno del delta del Ebro, donde las arquitectas Carmen Basso, fundadora del estudio O2Basso, y María de Ros han firmado una intervención que entiende la restauración como un ejercicio de escucha.

Durante décadas, la vivienda había ido acumulando reformas puntuales que respondían más a la inmediatez que a una visión de conjunto. Carpinterías de aluminio, pavimentos cerámicos, gotelé y otros materiales ajenos al carácter original convivían sobre una estructura sólida de piedra, madera y hierro que seguía intacta bajo esas sucesivas capas. El reto no era reinventar la casa, sino permitir que recuperara su identidad.
Una nueva distribución para recuperar la vida de la casa
La reorganización del interior parte de una premisa sencilla: devolver sentido a la planta. La distribución original presentaba una planta baja fragmentada, con una cocina y un salón sin conexión entre sí, un almacén, dos dormitorios y un baño. En la planta superior, cuatro habitaciones y dos baños se sucedían sin una jerarquía clara, unidos por una escalera estrecha y poco funcional.

La intervención replantea completamente esa organización. El antiguo almacén se convierte en la nueva cocina, el salón se libera de elementos innecesarios y una nueva escalera adquiere protagonismo como eje vertebrador de la vivienda, conectando además con la bodega situada en el sótano. En la planta superior, la redistribución reduce el número de dormitorios a tres para ganar amplitud e incorpora una sala de juegos abierta a una terraza.
El resultado es una casa que fluye con naturalidad, donde cada estancia encuentra una relación más lógica con las demás y con el paisaje exterior.
La estufa como centro de gravedad
Uno de los desafíos más complejos del proyecto fue encontrar la ubicación adecuada para una estufa capaz de climatizar tanto la planta baja como la superior. Una necesidad técnica terminó convirtiéndose en una oportunidad arquitectónica.
La estufa organiza ahora toda la zona de día y divide el gran salón en dos ambientes diferenciados. Uno se dispone alrededor del fuego, pensado para las reuniones familiares, mientras que el otro se orienta hacia el patio de la cocina mediante unos bancos de obra que prolongan la arquitectura del espacio.

El comedor, conectado con la cocina mediante un pasaplatos, completa una secuencia de estancias donde la continuidad visual resulta tan importante como la funcional.
El hallazgo inesperado que cambió el proyecto
Como ocurre en muchas rehabilitaciones, la obra reservaba sorpresas. Durante el derribo aparecieron vigas afectadas por termitas que obligaron a sustituir parte de la estructura. Las nuevas vigas laminadas quedaron vistas, incorporando una lectura contemporánea sin renunciar al lenguaje original de la vivienda. La intervención permitió además incorporar aislamiento térmico, inexistente hasta ese momento.
Pero el descubrimiento más valioso apareció al desmontar la estructura de una estancia contigua al antiguo almacén: un pequeño patio interior oculto durante años. Ese espacio, que no figuraba en el proyecto inicial, terminó redefiniendo la cocina.

Las arquitectas decidieron abrir completamente esta estancia tanto hacia ese nuevo patio como hacia el jardín mediante grandes balconeras. Una pequeña ventana conecta visualmente con la piscina y un lucernario longitudinal existente multiplica la entrada de luz natural. El resultado es una cocina luminosa, abierta y profundamente vinculada al exterior, convertida en el verdadero corazón de la vivienda.
Cuando el material correcto parece haber estado siempre allí
En este proyecto, la elección de los materiales responde menos a criterios decorativos que a una búsqueda de continuidad con la arquitectura existente.
El pavimento fue uno de los procesos más largos. La toba parecía la solución natural, aunque finalmente no convenció a la propiedad. La búsqueda llevó al estudio hasta una cantera de Ulldecona, donde encontraron una piedra prácticamente idéntica a la utilizada históricamente en la terraza exterior. Adaptando formato y acabado para su uso interior, consiguieron un suelo que parece formar parte de la casa desde siempre.
Ese mismo material aparece también en los cabeceros de obra de los dormitorios y en los baños, donde convive con paredes revestidas con el mismo revoco mineral y un equipamiento deliberadamente contenido. Los armarios empotrados prescinden incluso de puertas, sustituidas por cortinas textiles que reducen la presencia visual del mobiliario.
La intervención demuestra que la sofisticación también puede construirse desde la ausencia.
Una arquitectura donde todo responde a la misma lógica
La coherencia material recorre toda la vivienda. Las ventanas orientadas a fachada recuperan la carpintería de madera con porticones interiores, una solución especialmente adecuada frente a los fuertes vientos característicos del delta del Ebro. Las nuevas aperturas hacia el patio se resuelven con perfilería de hierro pintado, estableciendo un diálogo equilibrado entre tradición y contemporaneidad.
La cocina recupera el lenguaje de las antiguas casas de campo mediante muretes de obra, cajones de madera pintada y una encimera de mármol blanco. La nueva escalera se diseña con una geometría tan natural que parece haber formado siempre parte de la construcción original, mientras que la pérgola exterior sustituye su antigua cubierta plana por una elegante curva que aporta ligereza sin alterar su esencia.
Restaurar sin hacerse notar
La mayor virtud de esta rehabilitación es precisamente aquello que cuesta percibir a simple vista. Nada busca llamar la atención. Cada decisión parece responder a una lógica preexistente, como si la casa hubiera esperado durante años la oportunidad de recuperar su verdadero carácter.
Lejos de imponer un nuevo lenguaje, Carmen Basso y María de Ros construyen una arquitectura silenciosa que devuelve protagonismo a la materia, a la luz y a la forma de habitar. Una intervención donde el lujo no reside en la espectacularidad, sino en la capacidad de hacer que todo vuelva a parecer inevitable.
FOTOGRAFÍA_DANIEL LOEWE
