MINERAL: LA BARRA DONDE OLIVER PEÑA HA VUELTO A BRILLAR EN BARCELONA

Mineral confirma el esperado regreso de Oliver Peña con una cocina reconocible, honesta y llena de matices, en un restaurante donde cada detalle —de la barra a la sala— está pensado para disfrutar sin prisas. (Por Elisa Pérez Medina | @elisaprzm

Todos teníamos muchas ganas de Mineral.

Quizá porque suponía el regreso de Oliver Peña tras Enigma y Teatro Kitchen Bar. Quizá porque quienes seguimos su trayectoria sabíamos que no iba a volver de cualquier manera. O quizá porque hay cocineros que dejan huella y generan una expectativa difícil de contener.

La buena noticia es que Mineral no decepciona.

Una barra pensada para disfrutar

Lo primero que me conquistó no fue un plato, fue la barra.

Una barra de inspiración japonesa para apenas una veintena de comensales. Medida al milímetro. Altura perfecta. Ancho perfecto. Sillas a medida. Todo pensado para que la experiencia fluya sin distracciones. Fruto, sin duda, de la exigencia y la meticulosidad que siempre han definido a Oliver y a Cristina Losada.

Es una barra pensada para disfrutar, para observar, para sentirse parte de lo que ocurre sin que nada moleste. Hay ruido, pero del agradable. Del que transmite felicidad y energía. No hay olores invasivos. Tampoco calor. La iluminación evita sombras incómodas y permite ver cada elaboración con claridad.

Parecen detalles menores, pero no lo son. Porque antes incluso de probar un bocado, Mineral ya te está cuidando.

Una carta que invita a volver

La propuesta es relativamente contenida. Existen dos opciones de menú omakase, pero sinceramente creo que la mejor manera de descubrir Mineral es construyendo tu propia experiencia.

Elegir entre sus cinco bocados unitarios, los platillos fríos, el pan con romesco o la sección de «filferros» resulta mucho más divertido.

Los filferros son unas brochetas de hierro elaboradas por el hermano del chef que sirven para pinchar producto excepcional —atún, rodaballo, codorniz, lengua y otros ingredientes— y llevarlo directamente a la robata.

Elegir no es tarea fácil. Pero tampoco hay riesgo.

 

Y lo mejor es precisamente dejar platos pendientes para una próxima visita. Salí con esa sensación tan agradable de saber que todavía me quedan cosas por descubrir. Estoy convencida de que volveré y de que me sorprenderá todavía más. No por una cuestión de nivel culinario, porque ya está ahí, sino porque apenas llevan tres meses abiertos y aún queda margen para que todo termine de encajar y evolucionar.

Los bocados que justifican una visita

Hay restaurantes donde recuerdas la experiencia. Y hay restaurantes donde recuerdas platos concretos. En Mineral sucede ambas cosas.

El primero que volvería a pedir sin pensarlo es el choux toro. Una pieza presentada en formato nigiri donde una delicada pasta choux rellena de crema de rábano picante sostiene unas finas lascas de atún. Francia y Japón dándose la mano. Ligereza, potencia y elegancia en un único bocado.

Igualmente memorable resulta el mochi de pollo a la catalana. Si te gustan las croquetas, esto te va a enamorar. Así de simple. Es una de esas propuestas que entran por la nostalgia, pero se quedan por la técnica.

Una cocina reconocible

Me gusta especialmente que Oliver no haya intentado reinventarse. Su cocina sigue siendo muy suya.

 

Hay una interpretación contemporánea de la cocina catalana que ya aparecía en sus proyectos anteriores y que aquí continúa creciendo. Una cocina moderna, sabrosa y sin artificios innecesarios. Una cocina que busca el placer antes que el discurso.

Y eso, cada vez, se agradece más.

La importancia de una gran sala

Cristina Losada acompaña el proyecto desde la sala y bodega, y su presencia se nota.

La selección de vinos resulta más que atractiva y la oferta por copas está muy bien pensada.

Como estaba de celebración, opté por Aniversari, un xarel·lo con burbujas que aportó brillo a toda la cena. Siempre he sido muy fan de cómo los espumosos son capaces de elevar cualquier momento. Hay noches que empiezan bien y una buena burbuja consigue que terminen todavía mejor.

Un final goloso

Los postres son breves, directos y muy bien ejecutados. Una tabla de quesos, una tartaleta de fruta de temporada, cerezas en mi ocasión y un soufflé de chocolate.

El soufflé merece una mención especial.

Horneado durante trece minutos a 160 grados, tiene todo lo que uno espera de un gran soufflé: técnica, textura y ligereza. Pero además consiguió algo más importante.

Me hizo sonreír.

Tal vez porque llegó acompañado de un helado de ratafía y de un simpático guiño a mi personalidad «viejuna». Y quienes me conocen saben que tengo debilidad por esos sabores que evocan memoria, sobremesas largas y cierta nostalgia bien entendida.

Lo mejor de Mineral

La gente sonríe.

Apenas llevan tres meses abiertos y ya cuentan con un buen número de clientes repetidores.

Oliver ha vuelto.

Y ha vuelto sin perder el pulso.

Estoy convencida de que junto a Cristina y todo el equipo no tardaremos en verlo en primera línea de la gastronomía barcelonesa. Porque Mineral todavía está creciendo, pero ya tiene lo que muchos restaurantes tardan años en encontrar: personalidad propia.